Putas
Tú no lo sabes, yo no tendría por qué decírtelo, esta larga estancia que tú y yo suponemos, este amor que nos habita, prometido entre los dos hasta lo eterno, es apenas uno o dos o tres efímeros minutos comparados con la soledad que he vivido cabalgando el sexo entre las putas
humo
Heme aquí, desbordado por anuncios sin certeza, abrigado en la duda y con la confianza hecha humo. La seguí, le creí, me convencí que sus caricias y sus besos eran río y canto de un corazón fecundo. Heme aquí, con un puñal en la mano derecha viéndola a ella abrirse el pecho para mostrarme que ahí, sin corazón, solo anidaba una quimera.
partida
Yo le pregunté, por qué tienes junto a la puerta una maleta preparada para un viaje? Me respondió, quiero que los fantasmas que habitan aquí tengan claro que deben partir. Ese fue mi primer día en la casa. No dormí esa noche.
Venganza
Él sabe que su esposa está vistiéndose para una cita, los sonidos de sus movimientos le llegan con un dolor que lo devuelven al llanto de la infancia. Un par de segundos, un pensamiento, va a vengarse. Se acomoda debajo de las sábanas, se acaricia los genitales, piensa en una amiga, la masturbación solitaria y sin ruidos lo lleva al orgasmo, moja el lado de la cama de su esposa. Se va. Su esposa sale a buscarlo y se sorprende al no verlo.
Masturbante
Me había despertado varias veces en la noche. Había ido a la cocina a tomar leche, la puerta del baño estaba abierta y como si estuviese obligado entré a orinar, me lavé las manos y cuando me estaba secando noté la mancha. Entre los dedos anular y del corazón había una mancha, tarde unos minutos en distinguir que tenía forma de hormiga, esa mancha no la había visto en mi mano antes. Puse más jabó…n y me lavé nuevamente, la mancha se mantuvo en el mismo lugar, del mismo color café con el que la había visto al comienzo.
Opté por volver a la cama, meter mi cuerpo debajo de la cobija, cerrar los ojos y pensar que me dormiría pronto. No fue así. Los ruidos de los apartamentos vecinos, el aire golpeando ventanas, los autos en la avenida cercana, una ambulancia, el grito de alguien en la calle, varios gatos. Es extraño que escuche gatos, aún no he visto que haya gatos en el conjunto. El pie derecho se pone frío, la pierna izquierda me tiembla, siento cosquillas en las manos. Me muevo en la cama, pienso en sexo, en mi compañera de la oficina. Sus senos son medianos, a veces lleva una blusa que algo deja ver de sus formas, es delgada y apenas unos centímetros más baja que yo. A mí me gusta su delgadez, la imagino desnudo, con los cambios propios de color que se dan en la piel de quienes no salen a broncearse. Creo que su ropa interior es blanca. Mientras me caliento con la mano derecha los genitales la imagino con un brasier semitransparente que permite intuir el color de sus pezones. El cosquilleo en la mano no me deja continuar, siento deseos de orinar, es inevitable volver al baño.
La luz del baño no encendía. Un intento, dos, tres y no funciona. Levanto el brazo con la intención de mover el bombillo, lo toco, está caliente –jueputa– se enciende el bombillo, los ojos se duelen por la luz, siento los dedos quemados. Abro el grifo, pongo la mano debajo del agua. Al verme la mano tengo más manchas, se han multiplicado, las dos manos y los brazos, no quiero ver el resto del cuerpo. Orino, me devuelvo a la cama. Dejo la luz encendida, lo noto al volver al cuarto, no me devuelvo, al meterme en la cama escucho un ruido, el bombillo se fundió, todo queda oscuro, apenas una luz grisácea que llega de la calle se cuela por la ventana. Cierro los ojos. Las cosquillas siguen. No me importa, pienso en volver a imaginar a mi compañera.
Su cintura es proporcional a sus caderas, ahora pensaría que no hay mucho movimiento en ellas, pero es hora de la imaginación desproporcionada y la supongo dejando subir su falda hasta la cintura y morder su ecuatorial ombligo. La supongo sobre mi cuerpo y debajo del mío. La piel se me pone caliente, me duelen los brazos, parece que por mis venas viajan canoas agrietadas con agujas. Las piernas me tiemblan, yo me concentro en la mano que toca un pene que extrañamente está creciendo más allá de lo reconocido previamente por mi mano.
Sigo entre el dolor del cuerpo recorrido por agujas guerrilleras que me agrietan la piel, el pene inflamado hasta el dolor agudo que espera la eyaculación urgente. Mi compañera, como libro abierto hecho de sales húmedas, se dispone y yo recorro en lo profundo el agitar de su cuerpo que al igual que el mío tiembla y se entrega. El dolor me supera, me doblo y no puedo dejar de mover la mano, siento que toda mi conjunción interna se dirige a la uretra, clavo mi rostro en la cama, siento que el glande se me rompe y pasa, como un golpe de nieve hervida que cae velozmente sale algo de mi pene y detrás de ello van las sombras guerrilleras que cruzaban mis venas.
La luz del cuarto se enciende, puedo ver que de mi cuerpo, en gotas, un huracán de hormigas se desplaza detrás de una larva que ha salido con el semen, el cuerpo me duele, el pene flácido está vacío, la larva huye, las hormigas la consumen. Me recojo sobre la parte alta de la cama, miro la masacre que ocurre al otro lado de la cama, las hormigas ganan.
Tiemblo, sudo miedo, se que las hormigas sin importar a donde vayan vuelven al hormiguero.
Oscar Vargas Duarte
Despierta mujer hermosa
Despierta mujer hermosa
Tu cabello cubre tu oido, lo despejo, comprendo que las palabras no pasarán por el tímpano, te beso, oyes que te nombro, el beso es mi voz
Amo la delicadeza de tu sueño y tu certeza al creer que cuidaré de ti aunque a tu lado yo esté profundamente dormido.
Tu boca me guía con palabras mudas, beso tu mejilla, tu nariz, tus labios me sorprenden y con un beso saludan mi día…. Feliz día amor.
Tu voz es una constelación, los astros aprecian el movimiento, me miras, tus ojos me contemplan y soy geografía viva bajo tus soles.
Un abrazo, otro beso, tu cabello desnudo en mis hombros, mi corazón desnudo se viste de ti y el día empieza para ambos.
Una palabra, otra, una caricia, las sábanas, el primer paso al lado de la cama, soy de tierra, abonaré tus huellas, no hará falta.
Eres semilla, luz, raiz y tierra, me sorprendes espiándote, preguntas, qué me ves, sonrío, digo, veo el universo en ti, todo lo contienes.
Carta
Es una hora ciega y dada su ceguera no sabe en que lugar del reloj se encuentra. Hace poco un par de fantasmas se acomodaron en las sillas, uno enfrente, el otro al lado, de la mesa en la que estoy. Sus cabezas están casi en la hoja, quieren ver que escribo. Les he dicho que es una carta, a quién, digo que a ti. Uno de ellos quiere saber si eres bonita, sonriendo respondo que sí. Se interesan por… tus formas, te describo, no me creen, no hace falta les digo, se sorprenden cuando me oyen hablar de la voluptuosidad de tu voz. Digo que eres muy inteligente. Preséntala, preséntala, empiezan a gritar.
No puedo escribir mucho mientras ellos ponen la cabeza en el papel. Uno me observa, el otro mira lo que escribo. Es asombroso ver que parecen una sola cabeza con dos caras. Están criticando lo que escribo, les molestan mis palabras, no puedo borrar, es tinta y no tengo como hacerlo. Pasa una mujer bonita, quieren saber si eres como ella, les digo que no. Tu belleza está acompañada de plenitud. Los fantasmas saltan y aplauden, plenitud, plenitud.
La hora sigue ciega, los fantasmas están parados sobre la mesa. Dos ancianos pasan, yo los saludo, ellos responden a mi saludo, les hago una señal de que se les ha caido algo, se giran, es una bolsa, me acerco hasta la bolsa, la levanto y se las doy. Uno de los ancianos nota que mis manos están marcadas con puntos de tinta, le explico, estoy escribiendo una carta para una mujer hermosa, aplauden. Me preguntan acerca del correo electrónico, les digo que está bien así, escribo mejor con la mano. Les parece graciosa mi respuesta.
Los fantasmas siguen en la mesa. Leo lo escrito, hago gestos, me imitan, repito la mueca en el rostro, la imitan y exageran, me río. El mesero trae un whisky, lo observo sorprendido, me lo enviaron, los ancianos están en otra mesa, pido hielo. Con hojas en blanco y un bolígrafo se aproximan a mi mesa, los invito a sentarse, los fantasmas se enojan y se van.
Me proponen escribir a nombre de ellos unas cartas para unas antiguas amantes a las que hace mucho no ven. Al comienzo me siento incómodo con la idea, pero luego de que piden una botella me parece interesante hacerlo. Tomo el bolígrafo de ellos, el papel que hab traído es elegante. Empiezo a escribir, me piden ser amoroso y dulce en extremo. Bebo, escribo, los fantasmas han vuelto, empujan mi silla, se cuelan helados por entre mis piernas, me hacen derramar el trago.
Van dos horas mudas en las que no hago más que escribir de manera adornada lo que los ancianos quieren. Bebo y escribo. La carta para ti espera en la mesa. Termino, ellos firman con unos nombres que no son los que me han dicho. Ahora se van, me cuentan que llevarán personalmente las cartas, las dejarán en el lugar más apropiado.
La botella está vacía. Piden otra, pagan, pregunto acerca de donde dejarán las cartas, no me gusta lo que dicen, las pondrán en las tumbas de las mujeres, hace rato están muertas. Los nombres que usaron como remitente son los novios que en su juventud tuvieron esas mujeres antes de casarse. No le encuentro la gracia. Me explican. Los viudos van diariamente a modo de visitarlas a ellas, dejarán la carta en donde ellos puedan encontrarla fácilmente. Una pequeña venganza. Me molesto, sonríen y se van.
Los fantasmas vuelven. Me tratan mal, dicen cosas feas de mi. Alego acerca de que a ellos no debe importarles. Se paran frente a mi, ahora son dos dulces ancianas. Empiezan a llorar, ahora nuestros esposos van a sufrir.
Vuelvo a tu carta. Las mesas alrededor están llenas. Pienso en tu rostro, en tus ojos, en los aretes que llevas, unas veces tienes uno en tu oreja izquierda y dos en la derecha. Sirvo un trago de la botella. Los fantasmas insisten en que debo llorar con ellos, ya les hablo en voz alta, la gente me observa, los fantasmas ignoran lo que escribo. Pasan una mujer y un hombre, están ebrios. Yo también. Me levanto de la mesa, los fantasmas también.
Alguien quiere la mesa en la que yo estaba, le recomiendan otra, el le mesero le advierte que en esa mesa pasan cosas raras, se sientan, los fantasmas me dejan solo, se devuelven a su mesa, voy cantando una canción, escucho un grito. La calle está fría
Oscar Vargas Duarte